Friday, December 30, 2011

Once, el año que sólo vivimos una vez.

Mira, no sé, yo tampoco sé cómo ha ocurrido, no logro comprender cómo se nos ha agotado (otra vez) el año. Pero lo cierto es que también sigo sin saber de qué modo conseguí hacer mío un lenguaje ajeno, cómo me empapé de tantas nuevas canciones. La manera extraña en que habité otras calles y se convirtieron en refugios en las ciudades nuevas, como cenas ajenas. Que aquel verano extrañé más a algunos niños que a ciertos monitores, que no hubo noche de Sanabria que me rescatara, ni besos. Y como entendí más tarde que ser veterana es de lo mejor que me ha pasado, y esa camiseta naranja es un grado. Que las vidas que se pueden contar uniendo campamentos terminan atrapándome siempre. Y será por eso, o vaya usted a saber porqué, que ser cap ha sido un paso definitorio para entender que ‘aquí y así, sí’ (entendiéndose aquí por uve). Y que los paquetes bomba no siempre explotan.

También que el año lo empezamos con todos los deseos, con más ganas que nunca. Y que sí, claro que importa que todo se deshinchara al final, cuando se supone que estaba empezando lo bueno. Que claro, yo también odio toda la mierda que rodea a veces los finales, la decepción que implica el apagón de la ilusión más grande. Y, ya ves, aún con eso, estoy, casi, segura que lo importante fue lo de antes, la sonrisa grande, los viajes de autobús, el febrero que vivimos a 28 grados. Tantas miradas.

Y no, no logro entender las tardes de martes con las chicas, todas las luchas que libraron los guisantes, las batallas que logramos vencer. Esa nota escrita a mano escondida en un cajón, frente a París. Aquel fin de cuatrimestre lleno de exámenes, e incendios de nieve como fuente de motivación. 1999 terminando en aquel concierto, uniformadas nosotras de niña imantada.

O merendar mojitos, y crear verdades a base de zeta y semana santa.

O que más extraño fue aquel verano, con su calor en el centro, y sus mil trabajos, y tiempo para reencuentros y visitas. Los viernes en Lavapiés como manera de inventar otra realidad porque, y esto a lo mejor tampoco te lo crees, nos graduamos. Todos. Juntos. Algunos hasta revueltos. Y deslumbramos, y nos reímos. Que éramos los más guapos del barrio (aunque en diciembre comprobáramos que todavía podíamos serlo más; y más felices). Así terminamos un curso de conversaciones entre las clases. Y la piscina. También ese picnic nocturno al que llegó ella, después de tanto tiempo, tan diferente, y tan igual todo entre nosotras, que claro, a mi no me sonó a despedida. Y seguí formulando ese deseo ‘sólo bienvenidas, sólo bienvenidas’. Y se cumplió, aunque sólo fuera un poco.

Y nos revolucionamos y nos emocionamos a partes iguales. Que sí, que también a mi fue la parte que más me costó creerme, pero pasó. Tras esos días de mayo y valencia, de pensar en inglés y dormir tan poco, de movernos por pasillos y hacer los deberes en la playa, aquella semana que ya siempre habrá sido nuestra. Justo después vinieron las tardes de biblioteca que se acortaban y se convertían en noches en Sol con la mochila llena de apuntes y la garganta llena de gritos, y todas las ideas, toda la esperanza, y las certezas más claras que nunca. O terminar corriendo una noche de agosto delante de la policía, con la vida cargada de razones.

Y mira, cómo se hizo realidad lo que nunca imaginamos, un desayuno en el hotel, Inés y su alegría, los poemas con las puntas de los dedos, las jotas que inician nombres, midnight in paris, una cocina con estantería, aquella que nos pedimos en mitad del verano, cuando trajiste tu eramus a Madrid y hubo picnic y Malasaña y helados y méxico, y tantas cosas.

Hubo conciertos, y jardines, y paseos para contar kilómetros, regresos a la ciudad, escapada al lago para ver cumplir noventa años. Ha habido tanto, y tan bueno, que no sé cómo ha pasado, cómo una playa tan fea pudo significar tanto el último septiembre, cómo viajamos por la Toscana cuando todo había terminado y peleábamos por dormir en el peor colchón de la habitación tras probar el mejor helado del mundo, y aquel piso, con piano y pizarra, la familia compartiendo sobremesa, el paseo por el manzanares, y la pena que supuso vaciarlo todo.

Lo sé, es extraño, pero volví a hacer teatro, y nunca me había gustado tanto. Entonces encontré un piso, en Beni, del que no querer salir nunca y unos habitantes de esos que te mueven por dentro. Después el barrio se convirtió en mi barrio y desde entonces preferimos llamarnos vecinas que amigas.

También, no sé, conté cuentos, bailé mucho… desayuné tostadas con tomate, te quemaste, desaparecí en burbujas y aparecí mágicamente en tu cama. A veces pienso que no quiero despertarme, mientras suena, bajito, toda esa nueva música suave que me balancea en esta nueva vida. Porque sí, tenían razón, ‘el Levante se lo lleva todo’, y yo me lo creí. Borré todos los pasos, anduve de puntillas, encontré una nueva forma de hacer sonar mi risa, terminé cuadernos como quién devora libros, despedí con un beso al cocodrilo, me anudé a la espalda más abrazos de retorno que los que nunca he tenido, porque la mitad fueron sorpresa, sonando a ‘no sé muy bien qué haces aquí, pero que bien que hayas aparecido’, a borbotones de poesía, a ‘somos reincidentes pero poco importa’, a ‘sé que zeta no es el sitio dónde quiero estar, pero qué bien poder regresar aquí’, saber quiénes somos, lo que fuimos e intuir, con los ojos entrecerrados, las felicidades enormes que tienen que llegar. No podría explicarte muy bien cómo. Pero sí, ya lo verás, van a llegar.

Van a continuar.

Thursday, December 22, 2011

Madrid jugaba
a rescatarnos siempre.

Y, en vez de un olor, tú
llenándome la vida de recuerdos.

Sunday, December 11, 2011

Benimaclet era un pueblo
y eso se nota
en la manera que tiene que mirarse
la gente
en las casas bajas
y en que no juegan niños en la calle
porque sólo hay viejos.
Nosotros nos creemos
más listos que nadie
por escribir poemas
y cuentos
en las paredes
y besarnos
con los dientes
en las aceras.
Y empieza todo
y nada acaba
sobre camas ajenas
donde amanecer
a las cinco de la tarde.
Y nos debora la tierra
y las ganas.
Dormimos tan lejos
en noventa cm.
y tan juntos luego.
Se acarician las pieles,
se acostumbran.
Nos vamos a bailar
o al cine
y por muy triste que sea la película
nosotros no lloramos
nunca.
Está la cama a ras del suelo,
y nuestras caderas
celebran con júbilo la falta de altura.
Nos emborrachamos
con sexo
y surge el beso más dulce
en mitad de la noche.
Y ya no tenemos miedos
ni prisa
sólo un juego
que nos hemos inventado
con sabores nuevos
y tactos.
Con las vistas a todos los tejados,
a todos los atardeceres,
a todos los planetas melancholía.

Wednesday, December 07, 2011

Permitirle a diciembre
que sea otoño,
que te tape con su bufanda de lana
y sus chaquetas.
Que anochezca antes entre las casa bajas
que entre tu boca.
Desear otra taza de té
en ese sofá tan incómodo que existe
en todos los pisos del barrio.
Soñar con otras noches
lejos de habitaciones separadas.
Comer con los dedos,
beberme los vientos
y temblar despacito.

Monday, December 05, 2011

Se acercaban poco a poco.
Eran bloques de hielo, placas tectónicas,
todos los suelos calcáreos del planeta.

Eliminar los restos de la vida.
Las gafas nuevas.
El corazón marchito.
Las habitaciones prestadas,
los pedazos de la risa.
Las mañanas con el sol derritiéndose en la cara.
¿Sabes?, chico, vengo mucho por aquí,
y esta vez va a ser nuestra vez.

De espaldas
a la luz
y también al vacío.

Sin mirar ni ser mirado.
Tampoco ausente.
Adornas la presencia
con un poco de nada.
¿Puedes quedarte un rato más esta noche?,
todavía queda tiempo para que termine la película.
Acércame el pan, ya está caliente.
¿dónde has guardado los restos del deseo?
Te busqué toda la tarde, pero no apareciste.
Y tú tampoco.

Y tú tampoco.

Friday, December 02, 2011

Llegaba a tu casa,
tú me decías que pusiera música
y yo siempre ponía Hallelujah.

Y absolutamente todo
está a menos de cinco minutos de distancia.
Los bares, la biblioteca,
algunos vecinos.
La lavandería esa con el jabón que huele tan bien.
La placita pequeña,
el tranvía
y tu boca.

Thursday, December 01, 2011

No me gustan
esas palabras tan cortas, con equis,
y menos si se repiten.

Un chico llama al timbre.
Entran él, y su dálmata.
En esta casa se comparte
la lavadora
con el número veintinueve.
Limpia un sofá rojo en medio de la calle
mientras su ropa da vueltas
con el programa diez.

Le invito a un té
antes de que recoja la colada.
Me cuenta lo mejor y lo peor que ha hecho en su vida.
Y todo tiene que ver con la otra punta del mundo.
Cierra bien el bote del azúcar,
tengo que irme.

Bienvenida al barrio.