Somos más, mucho más,
todas las personas a las queremos
y querremos
que aquellas a las que quisimos
y ya no queremos más.
Somos más, mucho más,
Sí, hasta compré rotuladores.
Aquella pareja, con la que compartimos sofás nosotras, las tres. Que, total, entrabamos de sobra, y a Sandra le enterneció tanto que él le dijera a ella ‘vaya, yo lo que quería era traerte al sitio junto a la ventana’.
Eran… eran sus gafas, de pasta y silueta, o su aspecto.
La forma de moverse, de hablarse, de tocarse despacio… la delicadeza con la que leían revistas y las apartaban luego, y bebían vino y se besaban pequeño. Los gestos con que ella invitó a él a marcharse a casa, qué importa de quién, si estaba cerca. Y esa manera con la que él le preguntó ‘¿te apetece?’ justo antes de empezar a hacerse el amor, o follarse mutuamente, si es que acaso hay diferencias. No era necesaria la pregunta, no a esas alturas de la noche, no tras haber subido a su piso sin necesidad de excusas, con un ‘vente’ en boca ajena y un ‘vale’ en la propia. Y giraban las manos en torno a los cuerpos, como quién se agarra al trapecio y cruza la pista con los ojos cerrados y loa brazos bien estirados.
Se les olvidó desayunar, o si lo hicieron sería un zumo recién exprimido. Aquella mañana, cuando todo el frío recayó sobre la ciudad y el calor del mundo escogió sus cuerpos. Aunque la mañana no existió, ya nunca lo hace. Y él se asomó a la ventana cuando el sol estaba tan arriba, y su sombra era exageradamente pequeña. A ella, por su parte, se le ocurrió una sorpresa, para su cumpleaños, o para un día cualquiera. Y no dijo nada.
Pasó el día, volvieron a la cama tres, o cuatro, veces. Tal vez nunca salieron de ella. Y a las ocho en punto de la tarde, cada uno con su respectivo portaminas de acero, repasaron, él sus clases del martes, ellas unos diseños pendientes. Y se retorcieron entre cuadernos con tapas de cuero y hojas blancas. Se besaron, otra vez pequeño, y nunca encendieron la tele. Creo que ella propuso poner un disco de Meiko, y que a él no le salía de la cabeza Jack Johnson desde que lo escucharon anoche, con el vino. No importa. Llegaron a un acuerdo, que tampoco importa. Hicieron la cena a medias, dejaron los platos sin fregar y el uno le propuso al otro ‘ya para la hora que es, te podías volver a quedar a dormir, y mañana sales desde aquí’. Y ‘sí, estaría bien, pero necesitaría otra ducha, y una camisa, y algo de ropa interior’. ‘Pues para otra vez’. ‘Sí, para otra vez’. Aunque lo cierto es que ‘otra vez’ se convirtió en media hora después, el tiempo de ir a casa, recoger el par de cosas y volver.
Ahora leen, los dos, con pijamas de rayas grises y blancas, y algodón, sobre otro sofá.
Y es tan hermoso.
Y ahora cada vez
Hubo un tiempo en el que los reyes me traían palabras.